para el verdadero coleccionista, la adquisición de un libro antiguo equivale a su renacimiento.
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Después
de que falleció mi abuelo, como familia nos hemos dedicado a ordenar y arreglar
su casa. Sacando muebles y organizando cachureos, hemos encontrado un montón de
tesoros ochenteros y noventeros que estaban escondidos. Entre ellos, cómo no: libros.
A
mi tata le gustaba tener libros. En los años 90 y comienzos de los 2000, el
acceso a la lectura se democratizó un poquito más en Chile. La razón? las
colecciones semanales de historia, novela y cuentos que algunos de los diarios
y revistas más populares lanzaron al público. En aquella época, comprando el
diario y pagando un monto extra, te podías llevar una buena lectura a la casa. Ir
a librerías era caro, por no decir que era un privilegio. Estas colecciones
ayudaron a muchas familias de clase media a comenzar una pequeña biblioteca en
cada hogar. Mi abuelo consiguió varias de aquellas compilaciones. Por ejemplo, “Los
mejores libros de la Literatura Universal” de la revista Ercilla. La casa está
llena de enciclopedias, clásicos y antologías infantiles. La mayoría se
conserva en muy buen estado.
Mis
tías y mi mamá me hablaban de una colección infantil a la que le tenían mucho
cariño: “Mi libro encantado”. Consistía en doce tomos tapa dura de cuentos,
canciones y poemas muy bonitos. Cada libro tenía una temática diferente: Las
Hadas, Mitos y leyendas, Héroes y Santos, El mar y la Aventura, etc. El
tiempo los tiene bien maltratados. Algunos hasta están rayados con letras y
garabatos infantiles. Me emociona pensar en mi mamá, chiquitita, leyendo esas
paginas llenas de dibujos y letras preciosas.
Dentro
de la biblioteca también encontré un par de lecturas que me venían llamando
desde hace mucho tiempo. Dos clasicazos que hay que leer sí o sí. El valle
de las muñecas de Jacqueline Susann y Desayuno en Tifanny´s de
Truman Capote. Me los leí en diciembre y ahora los tengo guardados en mi
humilde biblioteca y futura colección (que está en constante construcción).
El
tema de las bibliotecas y volúmenes de colección me hizo recordar que en
invierno compré un librito destacado de mi lista de pendientes: Desempaco mi
biblioteca de Walter Benjamin. Si no me equivoco, caí en la tentación de
leerlo gracias a las alusiones que Irene Vallejo y Alejandro Zambra hicieron
del texto en sus respectivas obras (El infinito en un junco y Literatura
Infantil). Estos días por fin lo leí y debo decir que nuevamente me enamoré
de un ensayo.
En
el texto, Benjamin afirma que desembalar los libros es un acto de memoria. Y
sí. En mi caso, encontrar los libros de mi tata y preguntarle a mi familia por
los orígenes de ellos, cómo los adquirieron, qué significaron y qué siguen
significando para cada uno, desató una montonera de recuerdos y anécdotas que
enternecen el corazón. Toda pasión roza el caos, pero la del coleccionista
roza el caos de los recuerdos.
En fin, que entretenido es encontrar y recordar. Adjunto foto de mis nuevos (y no tan nuevos) tesoritos :)