llevo un hilo de muerte tras mi espalda. cada sombra se adhiere como velcro al corazón.
ELLA no tiene piedad. no tiene piedad. no tiene piedad y se quiere llevar a mi guagüita también.
después de cada sepelio: ya pasó lo peor. ya
pasó ya pasó. ya se fue.
pero no. ELLA nunca se iba. nunca se va. nunca se irá.
ni cuando venga por mis manos. ni cuando venga por mis dedos. conquistará
todo rincón del espíritu y dejará una estela agria después de instalarse.
el
horror se cuela en el alma rota y cual falso kintsugi llena cada grieta con dolor
puro y amargo que, sin vergüenza de abultar la herida, la pone como jefa
comandante en la primera línea del nido de víboras que tengo por corazón.
y ya me he dicho tantas veces que se aprende a
vivir con la tristeza que mi mente se lo cree y me obliga a seguir existiendo
para no ser la risca permanente de alguien más.
y pienso que debería ser al revés. y me pongo
en ese escenario y recito las palabras de Wislawa:
Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue
e insistentemente no está.
Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.
