cuando la mano tiritaba sobre la idea de carta, la noche recibió serena las lágrimas de quien escribía frenético:
epístola hacia el más allá.
se dice que la guardó en el breast pocket o en el bolsillo con solapa clásico, ese que está ligeramente por debajo de la cintura. no hay certeza todavía. la memoria no es confiable. puede estar alterada por las emociones del momento. es un aviso. un consejo. un dato.
tampoco se sabe qué dibujó la tinta temblorosa en la página arrancada
con miedo del cuaderno que estaba sobre el escritorio IKEA.
el mensaje quedó sellado en fuego. el mismísimo Hades -con
curiosidad que le ganaba al orgullo- accedió a ser heraldo y llevó galopando la
cartita a sus tierras. que cosa más insólita. es normal que no se crea. pero
así fue. así se vio. ¿se puede trocar un recuerdo de esa magnitud?
el regreso fue silencioso. perturbado brevemente por un par
de sollozos y el almuerzo recalentado del microondas.
se armó un cigarrillo con el tabaco que sobró la noche
anterior. daba lo mismo fumar dentro de la habitación. las cortinas gris oscuro
no notarían las manchas amarillas, igual ya nada importaba. ni siquiera quien
miraba pasiva la escena.
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